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DEL ZUMAQUE I A LA VENEZUELA ENERGÉTICA DEL SIGLO XXI

Foto del escritor: Germán  José Márquez Gíl
Germán José Márquez Gíl
31 jul
4 min de lectura

EL ZUMAQUE I COMO PATRIMONIO NACIONAL

Germán José Márquez Gil


El 31 de julio de 1914 comenzó a fluir la «savia negra» del Zumaque I, identificado operacionalmente como MG-1 y ubicado en el cerro La Estrella de Mene Grande, población del municipio Baralt del estado Zulia, en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, al occidente de Venezuela. En un país todavía rural, con escasa infraestructura y limitada capacidad técnica, aquel acontecimiento abrió una etapa que transformaría el Estado, la economía, el territorio, la política, las clases sociales, las relaciones laborales, las instituciones y la proyección internacional.


A 112 años de aquella fecha, ese titán tricolor continúa en movimiento extrayendo crudo de tan prolífico campo, pero este pozo no debe recordarse únicamente como un activo histórico, sino como el punto de partida de una transformación que aún define a la nación. Su balancín representa mucho más que una operación mecánica, pues condensa el esfuerzo de la clase trabajadora, la formación de capacidades nacionales y la persistencia de una industria sometida a expansiones, crisis y profundas transformaciones, razones por las cuales constituye un verdadero patrimonio nacional. Debemos recordar que el petróleo modificó la organización socioeconómica del país: alrededor de los campos surgieron poblaciones, vías, oleoductos, terminales, talleres, escuelas y servicios médicos, mientras el campesino comenzó a convertirse en obrero petrolero y el Estado asumía progresivamente mayores responsabilidades regulatorias, fiscales y administrativas.


Es así como, ese balancín representa más que una operación mecánica: condensa el esfuerzo de la clase trabajadora, la creación de capacidades y la persistencia de una industria sometida a expansiones, crisis y transformaciones profundas, por tanto, es un patrimonio nacional. Debemos recordar que el petróleo cambió la organización socioeconómica de Venezuela, alrededor de los campos surgieron poblaciones, vías, oleoductos, terminales, talleres, escuelas y servicios médicos. Es meritorio como el campesino comenzó a convertirse en obrero petrolero, mientras el Estado asumía mayores responsabilidades regulatorias, fiscales y administrativas.


El petróleo pasó a ser la principal fuente de divisas y un factor determinante de los ingresos públicos y de la política exterior; sus recursos permitieron financiar infraestructura, educación, salud y servicios, aunque también generaron dependencia de la renta y una marcada vulnerabilidad frente a los ciclos del mercado mundial. La dificultad histórica estuvo en no haber transformado de manera sostenida la riqueza del subsuelo en una economía diversificada, productiva y tecnológicamente fortalecida, capaz de convertir los ingresos provenientes de un recurso agotable en capacidades permanentes para el desarrollo.


Más de un siglo después, el sistema energético mundial es profundamente distinto al de 1914, debido a que el aparato productivo y social ha incorporado nuevas tecnologías y fuentes alternativas. Al mismo tiempo, avanza la electrificación de actividades como el transporte, la industria y la climatización, proceso que adquiere mayor relevancia a medida que la electricidad es generada mediante fuentes renovables y otras opciones de bajas emisiones. Sin embargo, el petróleo y el gas conservan funciones esenciales en la aviación, el transporte marítimo, la petroquímica, la producción de materiales y numerosos procesos industriales, por lo que no estamos ante el reemplazo inmediato de unas fuentes por otras, sino ante una transformación progresiva en la que distintas formas de energía conviven, se complementan y compiten dentro de una matriz cada vez más compleja.


Estamos en presencia de un proceso de superposición y balance energético, en el cual las fuentes renovables crecen dentro de un sistema donde persisten infraestructuras, tecnologías y patrones de consumo asociados a los combustibles fósiles. En este contexto, la política petrolera venezolana se orienta hacia una producción eficiente, competitiva, ambientalmente responsable y articulada con la economía nacional. Estas acciones exigen inversión, tecnología, capacidad gerencial y participación de diferentes actores, por tanto, la incorporación de capital privado y diversificación de empresas operadoras no implican privatizar los hidrocarburos ni renunciar a la soberanía estatal.


El Estado sigue conservando sus facultades de administración, regulación, fiscalización y captación de ingresos, mientras establece condiciones para distribuir riesgos, atraer inversiones, promover transferencia tecnológica y exigir obligaciones económicas, laborales y ambientales. La soberanía no se demuestra manteniendo recursos inmovilizados, sino mediante la capacidad de producirlos, administrarlos, transformarlos y utilizar sus beneficios para el desarrollo nacional.


HACIA LA VENEZUELA ENERGÉTICA DEL SIGLO XXI


El MG-1 es un testimonio material de la historia contemporánea, en ese lugar convergen conocimientos geológicos, antecedente de la memoria obrera, desarrollo tecnológico, las relaciones entre Estado y capitales trasnacionales, así como la manifestación del petróleo en el tiempo. Este pozo simboliza el comienzo de la Venezuela petrolera, pero su aniversario permite proyectar una nueva etapa: una nación capaz de utilizar sus hidrocarburos, desarrollar otras fuentes y convertir la energía en plataforma de diversificación productiva. No se trata de regresar al país de 1914 ni de reproducir el modelo rentista del siglo XX, sino de formular una política energética con instituciones sólidas, planificación de largo plazo, inversión, innovación tecnológica y responsabilidad ambiental.

 

Venezuela debe avanzar simultáneamente en la recuperación petrolera, el desarrollo gasífero, la modernización de la refinación, la expansión petroquímica, la confiabilidad eléctrica, la reducción de emisiones, el aprovechamiento de energías renovables y la formación de talento humano. Una nación energética no depende exclusivamente de una fuente: articula recursos, conocimientos e infraestructuras para garantizar seguridad, productividad y capacidad de adaptación.


Por tanto, los ingresos de la industria deben garantizar el renacer de Venezuela, mediante el financiamiento de infraestructura, educación, investigación, innovación, servicios públicos y nuevas actividades productivas; esa sería una forma contemporánea y verificable de sembrar el petróleo: transformar un recurso agotable en capacidades duraderas, ampliar la base económica nacional y reducir progresivamente la dependencia de la renta. La energía debe convertirse en una fuerza capaz de impulsar otros sectores productivos, estimular el conocimiento y proporcionar condiciones estables para el desarrollo de las futuras generaciones.


Transitar del Zumaque I a la Venezuela energética del siglo XXI implica comprender que cada barril producido representa una decisión sobre el futuro, porque su valor no reside solamente en la posibilidad de extraerlo y comercializarlo, sino en la capacidad nacional para convertirlo en inversión, tecnología, conocimiento, empleo y bienestar. Honrar este activo petrolero no significa idealizar el pasado, sino aprender de él, reconocer el esfuerzo de quienes levantaron la industria y comprender que la riqueza del subsuelo solo adquiere verdadero sentido cuando se transforma en desarrollo humano, fortaleza institucional y soberanía nacional.

 

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