top of page

OPEP, 66 años después: entre soberanía, poder y equilibrio energético

Foto del escritor: Germán  José Márquez Gíl
Germán José Márquez Gíl
14 sept
4 min de lectura

El 14 de septiembre de 1960, cinco países productores: Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita y Venezuela, se reunieron en Bagdad para adoptar una decisión que modificaría la arquitectura petrolera internacional, pues en un mercado dominado entonces por las grandes compañías transnacionales comprendieron que disponer de petróleo en el subsuelo no era suficiente si no se ejercía soberanía sobre el recurso, se coordinaban intereses y se transformaban las reservas en capacidad efectiva de decisión. Así nació la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).


Sesenta y seis años después, aquella premisa conserva vigencia, porque el petróleo continúa siendo mucho más que un commodity: representa economía, seguridad energética, política exterior y poder. Por ello, la historia de la OPEP no puede explicarse únicamente a través de cuotas de producción o fluctuaciones de precios, sino también por su contribución a modificar la relación entre quienes poseían los recursos y quienes, durante buena parte del siglo XX, controlaban su explotación, comercialización y valoración.


Para Venezuela, este aniversario posee una significación particular, ya que Juan Pablo Pérez Alfonzo no fue un observador de aquel proceso, sino uno de sus arquitectos y, junto con Abdullah Al-Tariki y los representantes de los demás países fundadores, comprendió tempranamente que la cooperación entre productores podía convertirse en un instrumento para defender intereses nacionales. Tras la Conferencia de Bagdad resumió el momento con una frase breve: “Estamos unidos. Estamos haciendo historia”, y efectivamente la hicieron.


Sin embargo, recordar el pasado solo adquiere verdadero sentido cuando permite interpretar el presente, especialmente porque la OPEP de 2026 opera en un sistema energético mucho más complejo que el de 1960, marcado por la aparición de nuevos productores, el desarrollo de tecnologías que ampliaron las fronteras de extracción, el crecimiento del petróleo no convencional, el desplazamiento progresivo del centro de gravedad de la demanda hacia Asia y la ampliación de la cooperación entre productores mediante la OPEP+, con la incorporación de actores de enorme influencia como Rusia.


A ello se suma una matriz energética cada vez más diversa, en la cual el petróleo y el gas natural conviven con las energías renovables, la nuclear, los biocombustibles y nuevas tecnologías. Por esta razón, más que interpretar el momento actual exclusivamente desde la idea de una sustitución lineal de unas fuentes por otras, resulta más apropiado hablar de superposición y balance energético, porque las nuevas tecnologías avanzan sin que los sistemas anteriores desaparezcan de manera automática; por el contrario, conviven, compiten y se complementan mientras las sociedades intentan garantizar simultáneamente seguridad de suministro, precios razonables, crecimiento económico y sostenibilidad.


En ese escenario, la organización conserva capacidad de influencia, pero enfrenta también uno de sus desafíos más importantes: conciliar cooperación con soberanía, puesto que la Organización nació precisamente de la decisión soberana de países productores que entendieron que, actuando de manera coordinada, podían defender mejor sus intereses nacionales. No obstante, seis décadas después, las capacidades productivas, necesidades fiscales, estrategias de desarrollo y prioridades internas de sus integrantes son diferentes, de modo que la cooperación continúa siendo necesaria para contribuir a la estabilidad del mercado, aunque sin desconocer que cada Estado administra sus recursos de acuerdo con sus propias necesidades y aspiraciones.


Ese equilibrio entre el interés colectivo y el interés nacional probablemente constituya uno de los mayores retos de la OPEP hacia el futuro, y Venezuela debe observar esta discusión desde una posición particularmente estratégica. Ser miembro fundador representa un importante legado histórico, pero la influencia petrolera no se hereda, sino que se construye mediante producción, capacidad exportadora, infraestructura, inversiones, conocimiento técnico, confiabilidad comercial y una política exterior capaz de convertir recursos naturales en posicionamiento internacional.


En el caso venezolano, además, el petróleo ha trascendido históricamente su dimensión económica para convertirse en instrumento de política exterior. Desde la creación de la OPEP hasta distintas iniciativas de cooperación energética e integración regional, Venezuela ha utilizado su condición de productor para construir alianzas, ampliar interlocución y proyectar influencia internacional. Esa experiencia demuestra que política petrolera y política exterior no han sido ámbitos separados: cuando han coincidido capacidad productiva, estrategia y presencia diplomática, el barril también ha servido como vehículo de relacionamiento internacional.

Las mayores reservas pueden otorgar tamaño geológico, pero son los barriles efectivamente producidos los que generan presencia en el mercado, y esta distinción resulta fundamental para comprender el lugar que Venezuela puede volver a ocupar. Una recuperación sostenida de su capacidad productiva implicaría también una recuperación progresiva de su capacidad de negociación dentro y fuera de la OPEP, porque el peso diplomático de un país petrolero está inevitablemente relacionado con su capacidad real para contribuir al suministro mundial.

Precisamente por ello, este aniversario también debe servir para mirar hacia adelante, pues este bloque petrolero seguirá siendo relevante en la medida en que pueda interpretar un mercado en permanente transformación, preservar canales de diálogo entre productores, contribuir a reducir desequilibrios extremos y comprender que la seguridad energética mundial requiere inversiones continuas en las distintas fuentes necesarias para atender una demanda todavía creciente.


Su fortaleza histórica ha residido en su capacidad de adaptación: pasó de cinco miembros fundadores a una organización de alcance global, atravesó guerras, embargos, crisis de precios y revoluciones tecnológicas, y posteriormente amplió su capacidad de concertación mediante la Declaración de Cooperación que dio forma a la OPEP+.


A 66 años de Bagdad, quizás esa sea una de sus principales enseñanzas: el petróleo nunca ha sido únicamente una cuestión de geología, porque poseerlo confiere una ventaja, producirlo genera riqueza, administrarlo exige política y convertirlo en influencia internacional requiere estrategia. Venezuela entendió esa realidad en 1960 y hoy tiene ante sí la oportunidad de volver a demostrarlo, mientras la OPEP entra en su año 67 enfrentando un mundo distinto al que la vio nacer, pero conservando buena parte de su esencia original: contribuir al equilibrio del mercado sin perder de vista que detrás de cada barril existen Estados, intereses nacionales y decisiones soberanas.


Sesenta y seis años después, entre soberanía, poder y equilibrio energético, esa continúa siendo la verdadera gramática de la OPEP.


Germán José Márquez Gil

Con Corazón Petrolero


Comentarios


bottom of page